Vejez y Memoria

MEMORIA  Podemos distinguir dos tipos de inteligencia: la inteligencia fluida y la inteligencia cristalizada. La fluida se refiere a lo que se puede aprender ahora y la cristalizada a los conocimientos adquiridos durante toda la vida. Ésta última aumenta con la edad.

Nuestros mayores tienen una sabiduría adquirida con la experiencia, de ahí el dicho de que: “la experiencia es un grado”. Pero está claro que la sabiduría bebe de la memoria, si ésta falla, la sabiduría peligra, ya que no nos acordamos de cuán sabios éramos. Esos conocimientos adquiridos parecen disiparse.

Durante las fases iniciales en la progresión del deterioro cognitivo, la persona generalmente es consciente y sufre, le cuesta aceptar que ahora no tiene todo controlado, que es débil y esa debilidad lo atormenta, ya que supone la pérdida del rol de cabeza de familia, en la mayoría de los casos.

 Por eso, nuestro papel como profesionales es prevenir este deterioro o mitigar los despistes puntuales que se puedan producir consecuencia de un proceso normal de envejecimiento y así se lo tenemos que hacer ver a ellos. Debemos paliar esa angustia y esa frustración sentida al errar.

El funcionamiento normal de la memoria engloba los procesos de recepción y selección de la información entrante, la codificación y almacenamiento de esta información y el recuerdo y reconocimiento de la información almacenada. La comparación entre el recuerdo y el reconocimiento nos permite comprobar si las dificultades se encuentran en los procesos de codificación y almacenamiento o en los de recuperación. Todo programa de entrenamiento en memoria debe actuar sobre estas funciones con ejercicios específicos para ellas, con el fin de mantener el buen funcionamiento de la memoria (muy importante la prevención) o mitigar e impedir el avance de un deterioro incipiente.

Siguiendo a Kapur (1993), los criterios de eficacia de todo programa deben ser los siguientes:

  1. Que se produzcan cambios significativos en el funcionamiento de la memoria, en el sentido de que produzcan impacto en la vida cotidiana de la persona reduciendo los lapsus de memoria.
  2. Que tales cambios sean permanentes.
  3. Que la intervención produzca unos mínimos efectos colaterales negativos o ninguno.
  4. Que los entrenamientos sean fáciles de administrar y de llevar a cabo.
  5. Que sean lo suficientemente amplios para abarcar a un extenso rango de personas con problemas de memoria.
  6. Que produzca aspectos positivos en otros ámbitos como la satisfacción con la vida o prevención de aparición de síntomas depresivos.

Al alcance de todos, hay multitud de ejercicios que se pueden realizar en casa como escudos contra el deterioro, como son los libros de pasatiempos entre los que se encuentran sopas de letras, sudokus, ejercicios matemáticos o búsqueda de diferencias, entre otros.

Cuanto más activo mantengamos a nuestro cerebro, más contribuiremos a retrasar cualquier déficit que nos pudiera sobrevenir.

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